EL ÉXTASIS DE LA VERDAD: Cinco películas de Werner Herzog
- Fango Producciones
- 10 jun
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Por Gonzalo Galán
Entre los mitos de origen de artistas se destaca el de Werner Herzog. Nace en Munich, Alemania, en tiempos de guerra y, como las bombas caen cerca, la familia se muda a una pequeña comunidad rural tan aislada que él no sabe que existen películas (ni autos, ni tantas cosas más) hasta los doce años.
Al hacerse mayor, realiza largos viajes a pie por Europa, trabaja como soldador, operario, marinero y, sobretodo, se forma en el cine mientras hace sus propias producciones.
El enigma de Kaspar Hauser
El caso del adolescente deslumbrado que comienza a descubrir el mundo tiene su representación más extrema en esta historia. Kaspar llega a Núremberg, o más bien aparece: se hace presente como un extraterrestre o un fantasma. Sabe sólo unas pocas palabras, no tiene reflejos, se asusta con las aves y no sabe sentarse en una silla ni diferenciar a los seres vivos de lo inerte. Lleva en su mano una carta en la que alguien pide que se hagan cargo de este muchacho y le den la oportunidad de servir. La marca de una vacuna en el hombro, en aquel contexto, indica que no es cualquier hijo de vecino. Así comienza un misterio que despierta la atención de la ciudad tanto como de antropólogos, pedagogos, religiosos y teórico-conspiracionistas espontáneos que discuten si es un hijo no reconocido de Napoleón o el heredero de un reino muy lejano. Spoiler: el enigma sólo se profundizará.
Al adquirir más lenguaje, Kaspar cuenta que ha estado siempre encerrado en un cuarto, con un contacto mínimo con otra persona que le traía pan y agua. Para él todo es nuevo; es alguien condenado a la diferencia, con una percepción del mundo distinta que invita al espectador a percibir como él, como si todo fuera por primera vez.
La película se basa en el caso real del “huérfano de Europa” que desde el siglo XIX no deja de despertar interés. Uno de los grandes aciertos en la obra de Herzog es, sin dudas, darle el papel de Kaspar a Bruno S. que, si bien tiene más años de los que debería, se luce en todo momento.

Stroszek
Tras su debut actoral como Kaspar Hauser, Bruno S. vuelve a ser convocado por Herzog. Se han conocido a partir de un documental sobre la vida del músico autodidacta. Porque Bruno no es actor, o al menos no lo es hasta ese momento. Ha estado muy ocupado sufriendo maltratos de niño, pasando por orfanatos, psiquiátricos y ganándose la vida como operario de fábrica y músico callejero. Después de ver aquel documental, Herzog lo contacta y lo convence de actuar. Años más tarde lo recuerda como alguien único que, por su humanidad y sus profundas interpretaciones, no se parece a ningún otro que haya trabajado con él. Stroszek es escrita para ser interpretada por Bruno S.; en el rodaje se usa su propio hogar y se hacen sonar sus propios instrumentos.
La película comienza con sombras que remiten a alegorías y cavernas sobre lo que parece ser una pared, pero al final es agua cayendo sobre un recipiente. Se oyen puertas que rechinan y entonces aparecen las rejas, los pasillos, el protagonista que sale de la cárcel, recupera sus pertenencias y recibe una advertencia que ignorará: mantenerse lejos del alcohol.
Eva es una prostituta que entabla una relación con el protagonista y se muda con él. Scheitz es el vecino, un bandido simpático que planea emigrar a los EEUU. A ninguno le va muy bien y la pareja es acosada por los viejos cafishos de Eva, así que estos tres beautiful losers deciden emprender viaje juntos para probar suerte. Llevan un vestuario rarísimo, viven secuencias divertidas, tristes, tiernas y nada sale como lo esperan, porque Stroszek es una película que, quizá como ninguna, representa el anti american dream.

Aguirre, la ira de Dios
Un grupo de conquistadores españoles busca El Dorado, una ciudad que no saben bien dónde queda, pero se supone que ahí los espera la fortuna y la gloria. En esa búsqueda, llena de ríos, selva, montañas que tocan el cielo y nativos hábiles para el flechazo, se pierden en el delirio de su propia codicia.
Aguirre (Klaus Kinski) es el explorador megalómano e iracundo que toma el mando de la expedición. Alguien con un objetivo ambicioso por el que va hasta las últimas consecuencias, llevándose todo por delante y a todos consigo. Un tipo de personaje presente en muchas películas de Herzog. Es que Aguirre reúne muchas de las obsesiones del director y eso la hace una de sus películas más representativas. La selva peruana es más que un escenario; su naturaleza fascinante y hostil conduce la historia tanto como el protagonista.
“Ustedes me dan pena, porque nunca podrán salir de acá” les advierte un nativo al que han esclavizado. Poco a poco, la expedición se convierte en la deriva surrealista de una balsa con la melodía de un siku de fondo.

Fitzcarraldo
Dicen que alguna vez alguien dijo algo bueno sobre Klaus Kinski. Su relación con el director que le dio cinco papeles principales, como con todos, fue muy complicada. Pero sobre eso ya se ha hablado demasiado y hasta está el documental Mi enemigo íntimo, del propio Herzog.
En Fitzcarraldo un amante de la opera se propone montar un teatro en plena selva amazónica, para conseguirlo primero incursiona en el negocio del caucho. Una vez más la selva, las montañas y el río son claves en la historia. Un reparto variopinto de personajes, entre quienes está Milton Nascimento, acompaña a los protagonistas, Fitzcarraldo y Molly (Klaus Kinski y Claudia Cardinale), caracterizados de matrimonio de negocios británico del siglo XIX; el elenco se completa con nativos, que hacen de nativos y no precisan caracterizarse.
El proyecto disparatado de Fitzcarraldo alcanza su punto más alto al cruzar un barco de un río a otro a través de una montaña. Y el proyecto disparatado de Herzog alcanza su punto más alto al –realmente- cruzar un barco de un río a otro a través de una montaña. Esta inclinación por captar lo real, sin efectos especiales ni trucos de edición, se vuelve su marca más personal. Así, la realización de Fitzcarraldo trasciende a la película y se vuelve una gesta en sí misma. La vocación por ahondar en la experiencia, explorar hasta el límite la capacidad de la condición humana y captarlo con sensibilidad poética para hacer cine es una búsqueda de lo que el director llama una verdad extática. O el éxtasis de la verdad.

Into the Abbys
En la filmografía de Herzog hay una gran cantidad de documentales. Volcanes en Corea del Norte; un viaje a la Antártida vía Australia; un joven que convive durante años con osos en Alaska hasta que unos osos lo matan; niños soldados de la comunidad misquita en Nicaragua; una mujer alemana que es ciega y sordomuda, se comunica y asiste a personas con problemas de su estilo: algo de lo que puede encontrar quien se aventura en ellas.
Al igual que A sangre fría de Truman Capote, Into the abbyss abarca desde un asesinato múltiple hasta el destino final de sus autores: uno en el pasillo de la muerte y otro con una larga condena a prisión. A diferencia de Perry Smith, el condenado a muerte en este caso (que se llama Michael Perry) niega su culpabilidad ante el entrevistador. Tiene veintiocho y se lo ve infantil, ingrávido, de sonrisa fácil; cuenta los pocos días que faltan para que se concrete la sentencia recibida siete años antes. Cuando llegue ese momento, dirá “los perdono”. Entre las personas que llorarán en la sala estarán su madre y la hija y hermana de dos de las víctimas.
Las imágenes de archivo policial no faltan, aunque no tienen un lugar destacado. Hablan policías, funcionarios y un pastor. Los testimonios de los condenados y los familiares de las víctimas retratan un mundo donde la violencia, la cárcel y la desesperación familiar parecen moneda corriente. Casi todos tienen a sus padres presos y perdieron a otros familiares en accidentes, suicidios y otros hechos violentos. Pero el director se las ingenia para meterse por lugares inesperados, darle giros a las charlas y lograr algo más que sordidez. Hay risas cuando se habla del chequeo médico que se realiza justo antes de la ejecución. Un preso que prácticamente no puede tener contacto físico con sus visitas se las ingenia para, de alguna manera, concebir un hijo. Un exfuncionario cuenta como, después de más de cien ejecuciones, tiene una epifanía y ya no es capaz de continuar con su trabajo.
En otro momento, un policía guía a la cámara a través de un playón de estacionamiento lleno de autos abandonados. Entonces, ahí está: el Chevrolet Camaro, motivo del triple crimen. En su interior, un árbol se empeña en crecer.

Werner Herzog tiene ochenta y tres años y continua activo. Sus películas se cuentan de a decenas, acumulan elogios, premios y nominaciones pero tienen muy poco lugar en las plataformas de streaming. Se ven por Youtube, o se buscan y se descargan como en la internet de los viejos tiempos. Dan ganas de salir en búsqueda de la experiencia, tomar algo de esos personajes que van hasta el fondo, vivir con menos cálculo y más riesgo. Ver el éxtasis de la verdad en su plano es una invitación a buscarlo en el propio.

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