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PARTIR DESPUÉS DEL ESTALLIDO: VIENTOS DE AGUA, A VEINTE AÑOS DE SU ESTRENO EN ARGENTINA

  • Foto del escritor: Fango Producciones
    Fango Producciones
  • 21 may
  • 4 min de lectura

Actualizado: 24 may

Un asturiano llega al puerto de Buenos Aires. Al identificarse, el nombre que pronuncia no coincide con el del documento que presenta. Debe improvisar una explicación y apelar a la piedad del funcionario que lo atiende. Es que hasta el nombre dejó al subir al barco. Se llamaba José, pero ahora se llama Andrés, Andrés Olaya, y es el protagonista de una serie narrada con el formato de historias paralelas. Cuando sea viejo, deberá armarse de valor para darle un cierre a esas historias. 



En la antigüedad, la melancolía estaba catalogada como enfermedad mental y en ciertos periodos y lugares tuvo una fuerte asociación con los inmigrantes. Existe el término ´´síndrome de Ulises´´ para referirse al estrés crónico del duelo migratorio. El desarraigo siempre fue un tema atractivo, también para la ficción, y Juan José Campanella logró abordarlo como pocos en una miniserie de culto que merece llegar a clásico.


El argumento de Vientos de Agua está claro desde el primer capítulo. Por un lado, el joven asturiano (Ernesto Alterio) pierde a su hermano -que planeaba emigrar a la Argentina- en un accidente de la mina en la que trabajan. Entonces provoca una gran explosión en ésta para cerrarla. Buscado por las autoridades, toma la identidad y el pasaje del hermano muerto. ‘’Vete tú’’, le dice la madre. Por el otro lado, casi setenta años después, su hijo, el arquitecto Ernesto Olaya (Eduardo Blanco), se encuentra en medio del estallido del 2001. Las oportunidades de trabajo se le frustran, el banco le restringe el retiro de ahorros y no sabe qué hará para seguir manteniendo a la familia. El padre (en esta línea temporal, Hector Alterio), que estaba por viajar a su Asturias natal, le cede el pasaje para que pruebe suerte en España. ´´Vete tú’’, le dice.


Un español en Argentina y un argentino en España. Uno en barco y el otro en avión. Uno analfabeto y el otro universitario. Mediante distintas tecnologías, ambos siguen con impotencia las noticias de su tierra. Ambos enfrentan trabas burocráticas, trabajos mal pagos, la pérdida de la familiaridad y los códigos compartidos, el ser un extraño. Ambos encuentran apoyo mutuo en otros inmigrantes y, tras vaivenes amorosos, forman nuevas familias.



El arco narrativo de la serie tiene a Jose/Andrés en el centro. En trece capítulos transcurren distintas etapas de su vida y, a través de ellas, distintos momentos de la Historia. Así, los nazis acechan en el barco y son enfrentados por los pasajeros de tercera clase, identificados con los judíos. El movimiento obrero argentino, que se encuentra en plena expansión durante la década del ‘30, es nutrido por inmigrantes anarquistas como el protagonista, que participa de revueltas y pasa por la cárcel. Las noticias del viejo continente hacen más que llegar y la guerra civil española puede tener lugar en un potrero de La Boca. El peronismo llega para quedarse y transformar el país; Andrés y su amigo Vidal (Rubén Ochandiano), que siguen siendo anarquistas, lo miran con desdén. 


La línea temporal de Andrés tiene más fuerza, sobre todo, por los personajes que lo acompañan. Ernesto tiene a Ana (Marta Etura) y a Mara (Angie Cepeda), además de la familia que deja en Argentina. Y ninguno de estos personajes está a la altura del húngaro Juliusz (Pablo Rago) ni de la tana Gemma (Francesca Trentacarlini y Giulia Michelini). Ellos acompañan a Andrés desde el barco y crecen junto a él. Además de ser amigos que cualquiera quisiera tener, protagonizan algunas de las escenas más memorables. Si en Andrés hay pesadez, ellos equilibran con ternura, humor, algo de optimismo; son el ingrediente que hace más digerible un plato, o la melodía de una armónica que vuelve más llevadero un viaje transatlántico.



Si Vientos de Agua se estrenara hoy la relación Juliusz-Gemma resultaría aún más polémica y despertaría más desaprobación en el público (al comienzo, ella es una nena bajo el cuidado de él). Los capítulos prescindirían de las ´´escenas del capítulo anterior/siguiente´´, porque el espectador que espera una semana entre uno y otro se ha extinguido. Es más, para el espectador actual los capítulos deberían ser un poquito, sólo un poquito, más cortos (duran cerca de una hora). Por lo demás, a veinte años de su estreno, la serie ha envejecido bien, mantiene una vigencia total y, a juzgar por el rumbo que mantienen el país y el mundo, con sus cambios demográficos y la migración en agenda, la mantendrá.


La banda sonora, como en otras producciones de Campanella, está a cargo de Emilio Kauderer. El tema de apertura, con algo de flamenco, con algo de folclore, tiene un aire épico y se presta para ser coreado. Algunos diálogos tienen piezas de ópera o música clásica de fondo. En la escena del desembarco suena un bandoneón. Esta mixtura de la música dialoga con la de personajes y locaciones y le suma puntos a la serie.



En los últimos capítulos, los dos Olayas, padre e hijo, se encuentran en Asturias. A Andrés le cuesta mucho enfrentarse a su pasado. Lo hace en soledad y con una reserva absoluta. Entonces Ernesto, como el protagonista de Salvatierra, la novela de Pedro Mairal, entiende que no podrá estar en paz hasta saber quién fue su padre realmente y emprende una búsqueda detectivesca para averiguarlo. En este caso, el padre todavía está vivo, así que la investigación no excluye seguir tratando de hablar con él. Es en esos diálogos entre padre e hijo donde está el núcleo de la serie. Son este tipo de vínculos, junto a la memoria y su continuidad por la palabra, además del desarraigo del inmigrante, los temas que trata. En el último capítulo, en el cementerio donde está enterrado su hermano, Andrés recibe a Ernesto. ´´Ven hijo, te voy a contar una historia que no he contado nunca’’ le dice, dándole un efecto de circularidad al final de una(s) historia(s) sobre cuestiones que tienden a la repetición y a veces a lo cíclico. 




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