top of page

¿Qué pasa con la cultura si nos relacionamos con ella como consumidores?

  • Foto del escritor: Fango Producciones
    Fango Producciones
  • 25 abr
  • 2 min de lectura

El termino consumos culturales se instaló entre nosotros sin que nos diéramos cuenta, sin que nadie se ocupe de cuestionarlo demasiado. Algo parecido a lo que pasó con mercado amoroso o capital humano.


Un consumidor  es un cliente, alguien que compra un producto o un servicio para su uso personal. Entre el producto y el cliente no puede haber incomodidad, ofensas, contrariedades. Si pasa esto, el cliente decide dejar de serlo y se va con la razón que, según dicen, siempre tiene.


La guita es un dios sin ateos, sí. Y casi todo lo que nos rodea está sujeto a transacciones comerciales, sí, también. Pero el terreno de la cultura es el lugar donde emergen las figuras que hacen tambalear nuestros suelos seguros, las que nos persuaden o nos exhortan incluso con riesgo de derrape, pateando nuestra comodidad y nuestra sensibilidad. El punto, entonces, es la lógica cliente-producto llevada a la cultura, porque si artistas, comunicadores, actores de la fe o de la lengua son productos que se esfuerzan por no generarle molestias a sus consumidores el resultado no puede ser otro que el empobrecimiento.


El consumidor es el centro, el sujeto por excelencia de esta época, sobre quien está puesta la atención (más que sobre las obras, los artistas, o los medios por los que circulan). En el fragor de la vida digital se divide cada vez más en nichos que se vuelven incompatibles y a la vez se retroalimentan, como pasaba con las viejas rivalidades entre bandas de rock. La suma de esto, además de infantilización, genera lo contrario a lo que Lucrecia Martel -en boga estos días por su última película- considera la tarea de la cultura: armar un destino común.


El mundo va más rápido que nunca mientras trabajamos más, descansamos menos y vemos cómo el tiempo no nos alcanza. En medio de esa vorágine, estamos conectados, consumimos sin parar, no llegamos a digerir todo, siempre sentimos que nos perdemos de algo. En este contexto, vale la pena plantearse la inquietud de cómo nos relacionamos con lo simbólico, con la cultura.


Abajo de lo líquido está el fango, ese que sirve para moldear, para la mezcla de los ladrillos o para hacer un golem. Los pasos en el fango son más lentos y pesados; los pies se hunden un poco y obligan a calcular más cada movimiento. Estar en el fango es permanecer más en la idea, hundirse un poco en el pensamiento y quedarse en él, mientras el curso líquido no para de pasar y seguir de largo. En otras palabras, frente a lo fugaz y lo frágil, quizá sólo nos queda insistir en el encuentro, el intercambio, lo que viene después del consumo: todas las conversaciones que se inician y en rigor no tienen final, la tradición persistente y argentina de la mesa de bar que se extiende hasta que prenden las luces y empiezan a barrer el piso.



Comentarios


SUSCRÍBETE A MI NEWSLETTER

¡Gracias por tu mensaje!

  • Twitter
  • LinkedIn
  • Facebook

© 2035 Creado por Un buen negocio con Wix.com

bottom of page